Sí. Seguramente ustedes también lo saben. Las siestas están llenas de duendes sombrerudos que salen a jugar.
Y había una vez, en medio de los cerros, una casita de duendes siesteros. Les encantaba salir a buscar amiguitos con quienes jugar.
Estos duendes vivían en la nuboselva tucumana y por lo tanto tenían ojitos verdes, color helecho y bien verde.
Una siesta calurosa, muy calurosa, los duendes se pusieron sus sombreritos también verdes y salieron a divertirse.
Caminaron largo rato por los senderos llenos de menta y llegaron a un río muy fresco y de aguas saltarinas.
Allí encontraron a Doña Rana Marsupial y jugaron largo rato a las escondidas y a saltar como rayuela entre las piedras.
La rana tenía ojos muy grandes y en seguida descubría a los duendes y sus escondites. Claro que también la ayudaba el Sapo Espinoso, quien era capaz de hacer piedra libre en un periquete.
Cuando los duendes se cansaron de jugar invitaron a Doña Rana Marsupial y a don Sapo Espinoso a visitar la casa de Doña Taruca que estaba allá lejos, en el Campo de los Alisos.
Doña Taruca los recibió con gran alegría y les invitó unos mates porque los viajeros habían caminado mucho y estaban agotados.
Doña Taruca les dijo que esa noche se sentarían a ver las estrellas y a cantar a la luz de la luna. Los duendes estaban muy contentos y con sus guitarritas de nuez comenzaron a tocar zambas y chacareras.
Doña Rana Marsupial y Don Sapo Espinoso bailaban sin descanso mientras Doña Taruca acercaba ya unas empanadas.
Todos bailaron y cantaron bajo la luna redonda y gigante.
La noche se vino así suavecita y se fue de la misma manera…
Cuando amaneció, lo duendes se despertaron, prepararon sus mochilas y en compañía de Doña Rana Marsupial y Don Sapo Espinoso emprendieron el regreso porque a la siesta tenían que volver a salir a jugar.
¿Y vos, los vas a acompañar?
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